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Iram

  • Foto del escritor: Cristian Alvarez
    Cristian Alvarez
  • 3 mar 2019
  • 7 min de lectura


Iram era un niño muy serio; tenía entonces doce años de edad y cursaba el sexto año de primaria. Sus maestros concordaban en que era distraído pero inteligente, nunca ponía atención a la clase, pocas veces hacía las tareas, pero en sus evaluaciones obtenía las más altas notas. Siempre estaba ido en un mundo lejano y fantástico que lo mantenía más interesado que éste, en su estado de ensueño, él era el protagonista de asombrosas e intrépidas aventuras que le merecían la admiración y el respeto de sus compañeros, pero por sobre todo la atención y el amor de Elisa. Nada era más opuesto a aquella fantasía que su propia vida; sus amigos le jugaban bromas pesadas que iban desde esconderle la mochila y bajarle el short en clase de deportes hasta golpearlo solo por diversión. Lo trataban con el desprecio de un mal extraño y las niñas lo evitaban con cierta aberración, se burlaban a menudo de él y lo remedaban sin miramientos imitando su tic nervioso de mirar su reloj de pulsera repetidamente, su cara de bobo triste y su andar distraído.

Se había acostumbrado a estar solo; en el receso de recreo, se sentaba a almorzar un sándwich de jamón que le preparaba todas las mañanas su abuela y que Iram comía en un rincón de la escuela, logrando así pasar desapercibido de los otros chicos que le quitaban su dinero, molestaban o golpeaban sólo por diversión. Desde ese rincón observaba a sus amigos jugar, y dependiendo del juego fraguaba en su imaginación que él era el mejor en cada uno de ellos, que no había quien lo pudiera alcanzar corriendo, que no existía otro más diestro jugando fútbol, más fuerte como los superhéroes o saltara más alto. Sin embargo, su principal intención era impresionar a Elisa, su compañera de clases y su amor platónico desde preescolar, ella era la mejor razón para asistir a la escuela y su único aliciente para poderla soportar.

A los ojos de Elisa, Iram no era el insecto repulsivo al que sus amigas tanto pavor le tenían, sino más bien un misterioso y raro niño que a veces descubría observándola desde la distancia, pero que ella evitaba sin hacer ningún comentario al respecto, para no ser blanco de la burla de sus amigas ante la vergüenza que esto significaba.

Un día, Elisa y sus amigas estaban jugando a reto o castigo. Luego de varias rondas en las que Karla tuvo que comer un pedazo de algo de la basura, Nahima lamer la suela del zapato de Esther, a Adriana besar a Pamela, y a Jessica mostrar los calzones a José, era el turno de Elisa, ella escogió castigo, y su castigo fue el más temido por todas, este consistía en ir a darle un beso a Iram.

Iram vio como de repente las seis amigas de Elisa lo voltearon a ver atacadas de la risa y con gestos de asco, pero Elisa no, ella lo miró con sus ojitos buenos llenos de encanto, y de una realidad sobrenatural que le permitían asomarse por una ventana más grande y clara hacía su mundo ficticio y extraordinario. De repente Elisa se apartó de sus amigas, Iram la miró dirigirse en su misma dirección, pero pensó que era coincidencia de una cotidiana reincidencia en la trayectoria de sus deseos por estar con ella, no sería la primera vez que le pasaba, pues a menudo confundía sus intenciones, pero esta vez ella se aproximaba a él; ya cuando por fin la tuvo de frente, fue una aterrorizante sorpresa que ella lo besara, lo agarró por el cuello de la camisa, cerró los ojos, y lo besó, al principio torpemente, pero en algún momento se tornó romántico y tierno; cuando Elisa se percató de esto se apartó de los labios de Iram y lo miró con asombro y miedo, entonces ambos pudieron escuchar las risas de sus amigas que no perdieron detalle de aquel insólito a sus espaldas, Elisa se limpió la boca con el dorso de su mano y salió corriendo, luego de esto Nahima le dijo a Tomás, que Iram había besado a Elisa a la fuerza, y como Tomás era el novio de Elisa, además de ser el bully oficial de la escuela, fue a darle una paliza a Iram, hasta que este cayó desmallado y lo tuvieron que llevar al hospital. Solo unos cuantos moretones y una ceja rota, nada importante a comparación de aquel mágico momento, que no se cansaba de recordar.

Cuando lo dieron de alta y lo llevaron a la casa de su abuela, aún seguía en cama pero con excelente ánimo. Elisa lo fue a visitar apenas pudo; le pidió permiso a la abuela de Iram para poder verlo, y esta se negó, pero el papá de Iram que estaba ahí también entendió que esa visita seguramente le haría bien a su hijo y le permitió verlo; el papá de Iram era un hombre de semblante duro al que se le dificultaba expresar sus sentimientos, por cuestiones de trabajo casi nunca estaba en casa y lo dejaba a los cuidados de su madre ya que su esposa había muerto minutos después de su nacimiento.

Cuando Elisa entró al cuarto de Iram lo encontró dormido; ella se sentó a su lado con cuidado de no despertarlo, lo observó así por varios minutos, le conmovió y le ganó una caricia en la mejilla que lo despertó tranquilamente; Iram entreabrió los ojo y una sombra le dibujó una silueta desenfocada, pensó que no se había despertado, pensó que seguía dormido, pero Elisa volvió a acariciarle apartándole el cabello de su frente, Iram al verla reaccionó emocionado pero Elisa lo tranquilizó. Ella le pidió disculpas por lo que había pasado, que se sentía culpable y apenada, pero él le explicó que no tenía por qué pedir disculpas ni sentirse mal, pues aquel incidente era lo mejor que le había pasado en su vida, y que gustosamente volvería a repetirlo de ser necesario, Elisa sonrió.

Se hicieron amigos desde entonces; no platicaban en la escuela pues era algo complicado para Elisa hacerles ver a sus amigas lo que ella había descubierto en Iram, no lo iban a entender. E Iram con tal de estar con Elisa evitaba acercarse a platicar con quien se había convertido en su mejor y única amiga. Pero el sacrificio valía la pena, ya que todas las tardes Elisa lo visitaba en su casa y se quedaban platicando, jugando o haciendo la tarea hasta que entraba la noche y la mamá de Elisa llegaba por ella.

Sin saberlo ella se estaba enamorado de su amigo, pero era un sentimiento tan inmenso y tan inocente que hasta ese momento permanecía desconocido, como un dolor nuevo que provenía de todas partes y por tanto pasaba desapercibido.

Elisa fue la primera en romper aquel pacto de silencio en la escuela. Cuando encontraba la oportunidad de escaparse de sus amigas le hacía unas señas a Iram y a escondidas se veían en un rincón cerca del nuevo auditorio en construcción en donde nadie los podía ver. Ahí platicaban a gusto y contentos hasta que terminaba el recreo y regresaban al salón de clases donde por desgracia, nuevamente figuraban no conocerse, como ya lo hacían entonces.

En el tiempo que llevan de ser amigos, no habían vuelto a repetir aquel beso que unió sus vidas. Así que Elisa le propuso por impulso y tal vez por curiosidad repetirlo, a lo que Iram por supuesto no se opuso. De repente, del mundo mágico de Iram se abrió un portal hacia la realidad, por donde escaparon las maravillas de su imaginación, de la piedra seca y caliente a su alrededor retoñaron rápidamente las flores silvestres más hermosas del mundo, el cielo se abrió en un haz de luz verde del que bajaron los superhéroes de todas sus historietas, aplaudiendo y vitoreando el acontecimiento, mientras una legendaria banda de rock integrada por leyendas muertas interpretaba una canción dedicada solo para ellos.

Hasta que una voz ajena a todo esto interrumpió:

—¡Elisa, qué haces besando a Iram, que asco! —dijo sorprendida Esther, una de sus amigas—.

Inmediatamente Elisa alejó a Iram de un brusco empujón hacia atrás, y sintió vergüenza; entonces le rompió el corazón a Iram que desprevenido no vio llegar ese momento nunca. Ella dijo llorando que él la había llevado hasta ese lugar porque la llamaba la maestra, luego allí, le pidió que le diera un beso, pero como ella se rehusó, la obligó a besarlo a la fuerza. Una prefecta que pasaba cerca escuchó todo esto y los llevó a la dirección. Ahí volvió a dar ella la misma versión mientras él no decía nada. La maestra le preguntó a Iram que si era cierto lo que decía Elisa; él, la miró, y aceptó todo evitándole a Elisa más explicaciones. Lo expulsaron entonces de la escuela hasta que se presentara alguno de sus padres; pero como no tenían teléfono, e Iram se iba y regresaba solo a la escuela, no existía forma de comunicarse con sus familiares.

Pasaron tres días desde que expulsaron a Iram de la escuela, no quería preocuparlos, así que todas las mañanas partía de su casa uniformado pero a mitad de camino se desviaba hacia el parque, donde ya no podía escapar de su realidad pues aquel mágico lugar había sido destruido. Su papá no lo notó triste ni raro, ni callado, pues era parte de su personalidad ser así, pero pudo advertir que la niña que todas las tardes iba a su casa a ver a su hijo, repentinamente dejó de ir. Así que a las ocho treinta de la noche de un jueves de abril entró al cuarto de Iram y lo encontró en la cama abrazando su almohada.

- ¿Te pasa algo?

- No papá.

- ¿Estas enfermo?

- No papá.

- Bueno, entonces arregla tu cuarto está muy desordenado y sucio.

- Sí papá, ahora mismo.

- ¿Te encargaron tarea?

- No papá.

- Ya van varios días que no te encargan tarea según tu abuela, mañana voy a ir a visitar a tu maestra de todas formas.

Iram aparentó escucharle, y se puso a arreglar su cuarto de inmediato.

- Iram… sabes, yo nunca te he dicho que…

- ¿Qué papá?

- Nada, olvídalo, limpia tu cuarto.

En algún momento entre la una y las dos de la madrugada un golpe seco se escuchó desde la habitación de Iram; su padre y su abuela corrieron hasta la habitación que estaba cerrada con llave, ellos le gritaban mientras tocaban la puerta pero no respondía, así que su padre tuvo que romperla. Iram no estaba en su cama, estaba tirado en el piso con un pedazo de tela atado al cuello; la vieja viga que sostenía al hamaquero del que se había colgado no resistió el peso al lanzarse. Así que encontraron a Iram inconsciente, medio descalabrado pero vivo. Su padre lo cargó y lo abrazó llorando como nunca antes se había permitido. Iram fue despertando de a poco y abrazó a su padre y luego de un rato le explicó todo lo sucedido. A lo que este le respondió...

-¡No tienes idea cuanto te amamos niño!

 
 
 

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