top of page
Buscar

De cobardía y fantasía

  • Foto del escritor: Cristian Alvarez
    Cristian Alvarez
  • 10 mar 2019
  • 4 min de lectura

Siendo las nueve de la noche con veinte minutos y el segundero andando, en el restaurante de los martes de las reuniones sin falta, de la cena a la carta, de las innumerables historias, con los amigos de siempre, del cafecito oyente y toda esa desconocida gente. Aquí, donde se fraguan las mejores críticas políticas, se llevan a cabo trueques dos por uno en chismes, aquí donde se exorcizan las presiones laborales, las tensiones hogareñas se disgregan y se olvidan, aquí donde la soledad casi no se siente hasta pagar la cuenta y cruzar la puerta. Aquí; y sin querer, me dio por querer a alguien a primera vista.

Sus ojos se percataron de mí antes de que yo pudiera conceder la idea del milagro de su existencia. Llegaron a mí apartando de su camino clientes, mesas, meseras, cabelleras enormes, estelas de humo, vasos repletos, charolas vacías, postres olvidados, propinas miserables. Llegaron en actitud pacíficos, en libertad discretos y en presencia infinitos.

Nos separaba una distancia de quizá unos quince pasos sin rodear las mesas, aun así, telescópicamente nos hacíamos compañía. Era espiar por el ojo de la cerradura de una puerta inexistente donde por supuesto la admiraba yo de un lado y ella del otro.

Como siempre mi depredadora naturaleza discutía y analizaba la situación con mi depresiva cobardía y mientras la primera me decía “¡qué demonios!” la segunda respondía “¡qué agonía!”. La primera era alentada por instintos que me impulsaban a despegarme de mi silla y dirigirme a ella con toda seguridad y con seductora personalidad para conquistarla, sin ningún temor. La segunda era el resultado del terror a una desilusión, a hacer el ridículo, de llagar a ella torpe y tonto y temblando con la voz de grillo preguntando su nombre, tartamudeándole el mío y mucho gusto, para retirarme pronto ya que con sólo eso hubiera agotado el ingenio de todas mis preguntas y pasaría a ser el hazmerreír que serviría de postre a su cena con sus dos amigas.

Obviamente no podía escuchar lo que platicaba ella, pero sin mucho esfuerzo imaginaba al ver sus labios articulando palabras, que se refería a mí, que le contaba a su amiga de la derecha que ese de camisa negra, el de aquella mesa, ese que me ve, pero espera que el cabello de esa señora lo está tapando… ¡Mira, ese! el que ahorita me está mirando ¡lo ves? No sé, tiene algo, un no sé qué que me derrite.

Tan profundamente caía en la negligencia de ese ensueño, que fui sorprendido cuando un “colegamigo” pasó la palma de su mano flotando de lado a lado frente a mis ojos y preguntando si había escuchado lo que me había dicho, yo le dije que sí, pero no.

Por un momento tuve que volver a la plática político-laboral-machista de mis colegamigos, aparentando interés en los candidatos a presidentes, o discutir los casos clínicos de los pacientes y por si fuera poco reírme de las fogosas y fugases victorias pasionales con las que alardeaban.

Pero no tardaba en regresar a ella y donde compartíamos una misma mesa, casi me veía tomándole las manos por el centro de la mesa y pidiendo la cuenta para escoltarla por la noche y por las calles hasta la puerta de su casa; para de una buena vez ya entrado en confianza, sin miedo de fragancia, ahí mismo besarla, transformándonos en verbos, sin preocuparnos de los tiempos, negándonos a los puntos, “olvidándonos” del solitario singular, bienvenida la aplicación de este plural y ser su infinitivo amar, su gerundio amando, su participio amado y su adjetivo amante.

Y todo esto imaginaba yo inspirado Verne enamorado al contemplar en nuestra plena guerra fría, su voz que no oía, su piel que no sentía, que se hacían fantasmas que sólo yo veía y que eran pistas que sólo yo seguía.

─¡Bueno, ya vieron la hora! (Interrumpió uno de mis dos colegamigos) ─¡les parece si partimos?

El otro contestó ─¡de acuerdo!

Y yo no podía creerlo que había pasado de segundos a luz el tiempo y no pude reunir valor suficiente para enfrentarla, para ir a verla, para conocerla. –Está bien (respondí).

Y pagamos y nos paramos para irnos, y al voltear a verla ella me veía como partía fugitivo y cobarde de aquel restaurante, quizá diciéndose así misma y para mí ─¡que tonto! Mientras yo me decía lo mismo.

Y me fui sin saber de ella ni siquiera el nombre.

Cuando llegué a mi casa aún me sentía ausente, fue pretender al prender la tele olvidarla, después fue recostarme en la cama encender la lamparita del buró y leer para borrarla, después fue abrir el refrigerador y cerrarlo sin tomar ni comer nada, después fue dormir dos horas y soñarla ambas antes que el despertador me despertara y despertar pretendiendo convencerme de que todo había sido sólo un sueño, pero nada, era imposible pensar sin recordarla.

Tres martes después de aquella noche, en ese mismo restaurante me la volví a encontrar, la hostess me guío hasta una mesa justo enfrente de su mesa, y ella y yo estábamos solos, en una confabulación inspirada del destino, que, sin saberlo aún, retrasó irremediablemente hasta la cancelación de la cita de nuestros respectivos amigos. Ambos sonreímos; esperé apenas lo suficiente para que no se me notara la desesperación por conocerla, pero a la primera oportunidad, antes que me ganara de nueva cuenta mi atroz timidez y la mesera pusiera el centro de pan, me senté en su mesa y nos bebimos la noche entera en tazas de café negro con terrones de luna.



 
 
 

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios


bottom of page