El Escuelante
- Cristian Alvarez

- 24 feb 2019
- 2 min de lectura
Actualizado: 10 mar 2019

Mi madre me despierta en las mañanas
con su voz alarmante
─¡levántate que se te hace tarde!
Me grita aquella bonita señora
orgullosa y galante
de que su hijo el “estudiante”
se lance a la jornada de conocimiento
matutina.
Doy un par de vueltas en mi cama
y cobijándome al calor de mi sábana
me mantiene anestesiado
la aletargada madrugada.
Por fin me levanto con agilidad sonámbula;
Prendo algunas luces que lamparean mi mirada;
Entro al baño y con el agua fría
de la regadera se me quita la pereza
y regresa la coherencia a mi cabeza
haciendo a un lado la modorra
de aquel carnaval del día anterior
que terminó de madrugada.
Me alisto como cadete naval
dispuesto a dar batalla
a los bombardeos de porqués,
cuandos, dondes, cuántos y quiénes
de esos maestros.
¡Ah esos maestros!
Jueces del saber;
Luz en la penumbra inquieta de aprender.
¡Ah... esos maestros!
Pintorescos personajes,
imparten sus clases,
califican nuestros exámenes
¿y de verdad importa si sacamos diez?
Llego a mi salón de clases
saludo a mis amigos
con un fuerte apretón de manos,
a mis amigas con besos en sus mejillas,
y a mi novia le doy un gran beso
en sus labios.
Me siento al fondo del salón de clases
haciendo caso omiso a aquel mito
que dice que los que se sientan
hasta adelante son mejores estudiantes
¡pobres, si supieran que les preguntan
en todas las clases!
Y la verdad
no son ni mejores
ni peores, únicamente
somos lo que queremos ser.
Mas tarde en la explanada
de la escuela se comienza
una contienda de fútbol,
y salón contra salón
existe rivalidad al igual
que expectación.
Como cachorros de leones
aprendemos a competir
─¡ganamos! Grita Carlos
─¡pero mañana vendrá la revancha!
Le contesta Juan.
Un examen de Biología
nos pone a temblar
algunos ansiosos por contestar,
otros temerosos por poder copiar.
Padrenuestro hágase tu voluntad.
Finaliza la jornada
es hora de regresar.
Abrazo a mi novia
y no la puedo dejar de besar.
Pasan las horas más rápido
que los segundos
y a mochila a espalda
y a cara contra cara
nos decimos frasecillas cursis
haciendo a un lado nuestros problemas
para acercarnos sin pena
en la oscuridad.
Cuando regreso a casa
es tiempo de hacer la tarea.
Y después de eso
siempre me escapo a vagar
un rato por la ciudad.
Al fin de la semana
llegada la media noche
me recuesto en mi cama
y comienzo a reflexionar:
─¡hoy, soy el escuelante!
bendita mi libertad,
actúo a voluntad
con la inmadurez de mi propia edad
es mi vida no me puedo equivocar
y un día de tantos así como a ti
estoy seguro me tocará triunfar.




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