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Espíritu Santo

  • Foto del escritor: Cristian Alvarez
    Cristian Alvarez
  • 14 abr 2019
  • 2 min de lectura

Hija de padres estrictos

fue víctima de la mala interpretación

de las sagradas escrituras de su religión


que si de castigos extremos se trata

quién se salvaría hoy de la Santa Inquisición.


Era una reclusa de su propia casa

porque el mundo estaba lleno de tentaciones

¡Malditas, malditas perdiciones!

Así que no se le permitía tener más amigos

que los santos de sus oraciones.


Era una virgen enclaustrada

en el milagroso Grial de una joven

que deseaba manifestarse

rodando entre las flores de los pecadores.


Como era una chica dedicada y estudiosa

obtuvo una beca para estudiar en el extranjero

sus padres no se opusieron

porque era la voluntad del Señor

que su hija destacara entre los Fariseos.


Salvaguardándola con el poder

de mil bendiciones la despidieron

y con un crucifijo al cuello

de todos los males la protegieron.


Su avión subió a los cielos

y luego de unas horas aterrizó

en aquella capital de Capitales.

Le pareció fascinante todo lo visible y lo invisible

y en la omnipotencia de su inocencia

se sintió por primera vez libre

incluso en las cotidianas más simples.


Allí conoció a un chico

que se aprovechó de aquel espíritu santo

que la hizo comulgar con su cuerpo y algo de vino

y la condujo por las estaciones de su pasión.


Luego de siete días de lujuria

concibió en su vientre vida;

aquel espíritu santo

esperaba desde entonces un hijo

que nacería sin un padre

que le completara el buen nombre.


Asustada le confesó a su familia

lo que le ocurría

pero tan devotos y libres de pecado se sentían

que con mil piedras contra ella arremeterían,

las manos se lavarían

y la negarían como su hija

¡Que dios te perdone por ser una perdida!


Sola, embarazada y sin dinero

tuvo a su hijo en un pesebre

de periódicos y toallas sucias.

Días después tocaron a su puerta

un Gaspar vestido de gendarme,

Baltasar como casero furibundo

y un Melchor abogado, con una orden de desalojo.


Caminó toda la noche

con su hijo recién nacido en brazos

Nadie le brindó ayuda

porque allá afuera estaba nevando.


Cuando pasó por el frente de una iglesia

la tormenta la envistió con toda su fuerza

ella se arrodillo, y como pudo llegó hasta la puerta

se quitó el suéter, para proteger a su hijo del frío

y antes de que el gallo cantara

murió rezando congelada abrazada al niño.


Al otro día, el mundo despertaba

con la noticia en primera plana

en su encabezado:

“Milagro, sobrevive el niño Santo”.

 
 
 

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