Felipe
- Cristian Alvarez

- 8 sept 2019
- 2 min de lectura
En sus mejores años fue todo un personaje
le entraba duro a la cerveza y baile,
era el alma de las fiestas
y su alegoría y ocurrencias
eran tan legendarias como insuperables.
Y cuando era alentado por la concurrencia
los complacía cantando a dos voces
el corrido del Hijo desobediente.
Le decían Juan garabato
porque todo lo que compraba caro
lo vendía barato.
Amaba los relojes y coleccionaba juguetes
los cuales pegaba a todos sus muebles.
De niño cuando este gateaba se metió debajo de la cama
y le jaló la cola al perro mientras un hueso saboreaba,
el animal, aunque fiel y manso se volteó a darle una tarascada
que le dejaría cicatrices en su cara de infante.
Felipe desde entonces
fue sobreprotegido, consentido y procurado,
opuesto a las intenciones de sus padres y hermanos
le crearían una dependencia que se extendería
a lo largo de sus años.
Los niños de su edad, crueles en su inocencia
se burlaban y señalaban sin inhibición ni prudencia.
Ya en su adolescencia y juventud,
las mujeres mundanas no se le acercaban
y las mujeres buenas no se enteraban de su existencia.
Su padre al notar la timidez de su hijo
y a fin de que este ganara seguridad
pronto intervino, llevándolo a correr
por los prostíbulos de la ciudad,
pagándole el servicio, y las cuentas de hotel y bar.
Cuentan que de una de esas se enamoró,
no me pregunten como fue,
el caso es que pagó por adelantado
pero aquella nunca llegó.
Cuando Felipe cayó en la cuenta
que lo habían timado este enloqueció,
se quitó un zapato y contra un gran espejo
del vestíbulo de aquel hotel aventó,
algo dentro de él para mal o para bien
pero seguro para siempre cambió.
Al morir sus padres,
sus hermanos se encargaron de él.
Sería el tío Felipe desde entonces,
compañero campechano
de tremendísimas borracheras,
campeón en las puntadas de última palabra,
testigo protegido de las glorias y fracasos
de todos los miembros de la familia.
Fue un chiquillo con cara de pasa,
chaparro, flaco, pero de buen diente
al que pocas veces y pocos hombres
lograron ver llorar.
Era sin quererlo un faquir de la vida
misma suerte que otros menos afortunados
a la primera ya no la podrían contar.
Lo atropellaron unas cinco veces,
se intoxicó, descalabró, cortó
asaltaron y enfermó,
en innumerables ocasiones,
pero fueron contadas las de gravedad,
parecía que la muerte simplemente no se lo quería llevar.
Al llegar a viejo
las secuelas de una vida de descuido y exceso
en la senilidad muy caro se lo iría a cobrar.
Se volvió casi un objeto,
sordo, taciturno, babeante, alucinado
solitario y desaseado.
Usaba suéteres los días calurosos y soleados
y ropa ligera los fríos y húmedos,
solía barrer el frente de su casa casi desnudo
y adicto por descuido al Diazepam.
Mucha gente lo conocía
pero hasta para su familia siempre sería
un misterio que nadie lograría solucionar.
Murió en la cama de un asilo a los ochenta y dos años de edad.
Una noche antes, Alguien lo escuchó llorar.





Comentarios