Hace apenas un segundo
- Cristian Alvarez

- 15 jun 2019
- 1 min de lectura
Su minifalda le llegaba
un centímetro por arriba
de la decencia
y un centímetro por debajo
del exhibicionismo.
Su blusa se ajustaba
estrechamente en un abrazo íntimo
al contorno de su torso.
El andar seductor de su marcha
hacia temblar el suelo
dejando a su paso
epicentros populares de suspiros.
Cada hebra de su cabello
presumía vida propia
cuando la acariciaba el aire,
sus ojos llenos
como un par de eclipses lunares,
y toda ella era armonía
sincronía y cinética,
la vanguardia más arrogante
de las bellas artes
y de las exactas ciencias.
Medí analíticamente
en el metro magnífico de sus piernas
mis posibilidades
y me di cuenta de que no eran muy buenas.
Pese a esta desafortunada afronta
un instinto primitivo
indujo en mi sistema un químico prolífico
“sobredosis de endorfina”
(exclamaría algún científico)
y sin importar que conocerla
pudiera significar mi ruina
el hipotálamo ya había decidido.
Le di alcance justo a tiempo
antes de perderla de vista,
le sujeté la mano
y ella dio la vuelta
quedando expuesta frente a mí;
y le dije:
─Disculpa,
¿Te acuerdas de mí?
Nos conocimos hace apenas un segundo,
y en aquel entonces venias vestida así,
y yo me acerqué con el primer pretexto
que se me pudo ocurrir,
tú me escuchaste, aunque ya te querías ir,
pero yo insistí en que no perderías nada
si me aceptabas una invitación exprés a salir
luego te sonrojaste
e inmediatamente después me sonreíste,
desde luego que aceptaste
más por impresionarte fue para callarme
aunque me concediste el ingenio
que tuve para llegar a ti.
Esa noche en el parque
el amor que tanto quisiste, buscaste, soñaste,
imploraste, dibujaste y hasta en tu diario describiste
conmigo descubriste
hace apenas un segundo.





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