Un mal día
- Cristian Alvarez

- 4 may 2019
- 2 min de lectura
Actualizado: 6 may 2019
Todo comenzó como comienzan
todos los malos días, por la mañana.
Sé que puse el despertador
antes de acostarme,
sé que lo puse en hora,
pero no sé por qué no sonó.
Al dejar la cama tuve una premonición
de mi día, pues a unos pasos
en la penumbra todavía
estrellé con una silla mi rodilla.
Dando de saltos cojeando
como si se tratase de una invocación india,
entonces pisé con el pie desnudo
un presente de orina que mi perro me tenía.
Me metí al baño
para alejar el humor rancio
que traía;
pero en la regadera
todo enjabonado
el fluir del agua cesaría.
Ya para irme me detuvo
un imprevisto que más tarde
del descuido me arrepentiría,
pues la cartera no encontraría
y como se me hacía ya tarde
pensé: eso, no me detendría.
Apenas salí de casa
un diluvio me caería.
En la parada del autobús
un carro veloz y raso
con una ola sucia de un charco
me cubría.
El camión, que tardó años
y que pensé nunca pasaría
si pasó, pero de largo se me iría.
Para no llegar más tarde
un taxi abordaría.
Pero el taxista ciego y lento manejaría,
la peor ruta escogería
y en el tráfico se estancaría.
Cuando por fin llegamos
hasta la oficina,
por mi prisa el cambio
se me olvidaría.
Con el jefe me encontraría
con el pie sonando marcha
al segundero que rápido se movía
con su jeta de molestia
de mi salario como lección, una fracción descontaría,
con su ataque psicológico más violento arremetería
en vez de tanta empecinada palabrería
afrontar una azotaina prefería.
En el cubículo de mi oficina
atrozmente me equivocaría
hasta en las cosas que de memoria me sabía.
En mi descanso
a la primera mordida a mi emparedado
la salsa se le saldría,
toda la camisa me embarraría,
y al buscar una servilleta
también en mi pantalón
el refresco derramaría.
Para colmo
la chica de mis sueños todo esto presenciaría
pero poca importancia me daría
pues con el director de la compañía
un ascenso con descaro coqueteo tramitaría.
Al regresar a la oficina
para distraerme mi correo abriría,
y con ello un virus troyano desataría
desconfigurando todas las computadoras
que en ese piso había.
Pronto lo averiguarían,
y a la oficina del jefe nuevamente
en el mismo día me llamarían.
Con un miserable cheque me despedirían,
millones de horas extras acumuladas
y ni una pluma usada me regalarían.
Fui al banco pero al llegar a la puerta
en mi nariz me cerrarían.
“Hasta el Lunes”… explicarían.
De camino a casa
de frac la noche se vestiría.
No me di cuenta
que alguien me seguía.
Al pasar por un callejón
su arma desenfundaría
me encañonaría y amenazaría
con que me mataría.
Buscó mi cartera
pero no la encontraría,
nervioso me catearía,
pero ni quinto hallaría.
Así que molesto
en un impulso colérico
el gatillo apretaría....
Pero el tiro no me tocaría.
Así que este señores lo definiría
como un mal día que se convirtió
en el primero de una larga y feliz vida.





Comentarios