Una venganza perfecta
- Cristian Alvarez

- 14 ago 2019
- 4 min de lectura
Actualizado: 31 ago 2019
Amigo, amigo
¿Acaso puedo ser sincero contigo?
Pienso que ella estaría conmigo,
de haber sido… no sé…
Mejor parecido,
Y así de sencillo echando rostro
la hubiera enamorado fácilmente
a primera vista.
De haber sido más inteligente,
un hombre de más mundo,
la hubiera conquistado seguramente
con argumentos tenaces de
historias gloriosas, bombas filosóficas,
y el detalle que nadie sabe de todas las cosas,
la hubiera interesado sin problema.
De haber tenido más dinero
sin duda pude haberle concedido
cual genio cualquiera de sus deseos
y en vez de invitarle una nieve por la tarde
hubiera podido invitarle
a ese restaurante elegante
a la luz de las velas,
al son de un barato violín
y su caro violinista,
al sabor de una cena adornada
como un cuadro impresionista,
y al contacto de nuestras finas copas,
en ellas vertidas un vino abuelo
muy probablemente hubiera podido
robarle sus besos.
¡Amigo, amigo!
Pero no cubrí ninguna de sus expectativas
y no se compadeció
ni se tentó el corazón
y antes de cualquier comienzo
y digo mucho antes de casi presentarme
ella me despreció.
Y yo me odié en ese momento,
y odié mi realidad
y quien soy
y quería huir de mí
quería poder ser algo así como un caracol
que pudiera mudarse de cuerpo
de vida, de nación, de universo,
a un universo no paralelo
sino tangente
donde su negativa no fuera tal
sino positiva
o donde yo no fuera quien soy
o no sea quien fui
y deseaba tanto que ella
se enamorara perdidamente
aunque no fuera de mí
y que la botaran
y humillaran
y que la hicieran sentir
que no valía nada
para que entendiera lo que yo sentí,
y que regresara avergonzada,
sin sus déspotas arranques de duquesa
ni sus antropomórficas aspiraciones de pareja
y quedara ella al descubierto
¡ella expuesta!
¡ella libre!
¡ella sana!
¡ella totalmente ella!
Para que pudiera ver en mí
al menos quién soy.
¡Amigo, amigo!
Pero aún no termino,
aún tengo más que contarte.
Para aliviar mi tristísima tristeza
intenté ahogar mis penas
con litros y litros de tequila.
Y al otro día
muy por la mañana
desperté.
Y junto a mí se encontraba
una mujer que dormitaba
y me abrazaba
con una actitud totalmente despreocupada
que figuraba una singular confianza.
Sin despertarla
apartándome de su lado
muy despacio
me deslicé de la cama
y me senté en un sillón
de esa habitación,
la miré,
intentando reconocer
quién era esa bella mujer
de cabello negro
de piel muy blanca
de labios muy rosa,
pero nada.
Y ella hizo así… un gesto,
y dio la vuelta dejando al descubierto
su pecho
dejando su cuerpo entre la oscuridad
de las sabanas
y la luz de la madrugada que atravesaba
las persianas y que atigraba su desnudes.
Hallé entre su ropa
una pequeña bolsa beige,
en ella encontré una identificación
que daría por fin respuesta
a la interrogante de quién era esa
misteriosa y perfecta mujer.
Se llamaba Soledad.
Y antes de poder continuar.
Ella despertó,
y me miró
y me sonrió
y me extendió su mano
para alcanzar mi mano
para recostarme justo junto a su lado
y ella me atrapó
con su brazo
y su pierna
y me pegó hacia ella
y me contemplaba risueña
y me besó largamente,
sin ninguna prisa
o terminación abrupta
sino que iba abriendo espacios
de dos tiempos entre sus besos
en los cuales aprovechaba
para decirme
sentirse enamorada
y me dijo que me adoraba,
y estuve a punto de decirle
que parara
pues de ella
nada más allá de su nombre recordaba.
Pero decidí no hacerlo
y seguirla reconociendo,
jugándome entero si me descubría el corazón,
y poco a poco
me fui enterando
al transcurrir el día
que ella,
era mi nueva vecina,
que tocó para saludar mi puerta
y se quedó a hacerme compañía
en la fiesta de mi melancolía
pues también ella era miembro reciente
de la sociedad de las esperanzas perdidas,
al haberse enterado que su prometido
estaba relacionado con una tercera
que para colmo de males
resultó ser una madrina.
¡Amigo, amigo!
que misterioso es el destino
que tenía a mi dama perfecta
a sólo cuatro puertas
de mi puerta, y yo ni en cuenta.
Y pasé por tantas tragedias
y año con año
conforme se acumulaban
épicas historias de derrota romántica
ya había especulado
que nadie rompería
la cadena perpetua de mi soledad.
Y ella tocó a mi puerta, cual ironía
cuando pudo arañarla el gato
patearla el casero,
romperla el bombero
predicando uno de esos Testigos
o uno de esos vendedores de seguros.
Pero no.
Fue Soledad la que tocó
cuando más necesitaba un poco de atención,
alguien con quien platicar y me brindara su cariño.
Y esto no fue un encuentro
de una noche de desenfreno, resaca y olvido,
pues como nombré anteriormente
corrí con mucha suerte
y Soledad es la mujer que siempre había querido.
Ella es extraordinaria,
¡Jamás me sentí tan vivo!
Tan vivo que los diccionarios y enciclopedias
a manera didáctica llevarían una foto mía
de ahora en adelante para definir lo vivo.
Y ya no me refiero
a cómo me fue
como mal o regular ni siquiera bien,
ahora cuando alguien me pregunta
contesto: ¡Todo me va perfecto!
Y la vieja almohada
que me consolaba todas la noches
con su abrazo manco pero reconfortante
descansa por fin en la cabecera
mientras que cada mañana
despierto abrazándola a ella
a mi Soledad,
así de cerca
que casi siento el recorrer de su sangre
por sus venas
y casi escucho a su cabello crecer
y casi sueño lo que ella sueña
y me despierto si ella tuvo una pesadilla
y ella no duerme tranquila
si no pertenezco a la naturaleza de su lecho.
Mi venganza perfecta
no fue en contra de aquella última mujer
que me dejó
ni tampoco en contra de todas las demás
que se le adelantaron.
Mi venganza perfecta
fue en contra de la vida,
de su oposición constante
a mi felicidad
y su anteposición de soledad, a la cual,
me rebelé, desmentí y finalmente conquisté.

Amigo amigo, gracias por escuchar.




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